Elevar el espectador a un mundo de reflexión, contemplación, introspección y deleite. Éste es el proyecto de diálogo plástico que Ferrer nos presenta hoy en una exposición tenazmente trabajada, elaborada con entusiasmo y fervor y realizada con el esfuerzo que sólo es capaz de desarrollar un espíritu abierto, dialogante, comunicativo, generoso y magnánimo.
Ferrer no pinta sólo para satisfacer sus sentidos, sus anhelos de creación, su profunda y sincera vocación de pintar para vivir una rica e intensa experiencia personal. A ésta dedica desde hace años largas horas, que en su caso y según propia confesión, fluyen con la rapidez del rayo, del ensueño, del placer. Pinta por imperativo de un espíritu que quiere darse a los demás, que desea conmover, emocionar, interrogar y fascinar. La suya es una pintura que se afirma en la alteridad: por ello no se entiende suficientemente bien ni en el silencio del estudio ni en la introspección de su trabajo diario. Es una pintura que quiere ser vista, comentada, analizada, debatida: es una pintura que necesita sentirse contemplada, saberse vista. Es una pintura que se asienta en la ambición de dar sin recibir, de ofrecer sin reclamar, de entregar sin esperar contrapartidas.
Tras un largo período de formación y aprendizaje, Ferrer inició una etapa de experimentación autónoma, que transportó sus pinceles a tareas de buscar, probar, indagar, desechar, perseverar y avanzar. El camino fue solitario, árduo y difícil. El consejo del maestro resultó decisivo al principio, pero pronto se tomó entrañable, cálido, amistoso. Las obras fueron fluyendo parsimoniosamente, gradualmente, lentamente, serenamente, poniendo de manifiesto una habilidad plástica notable y una intuición estética envidiable. De eso modo, Ferrer soltó amarras, se movió en espacios cada vez más amplios de libertad y consiguió realizar obras excelentes como las que hoy nos muestra. Lo hace con satisfacción y con la modestia personal que conforman el talante del artista que se plantea nuevas metas, que quiere recorrer nuevos caminos, que desea a toda costa innovar, aprender, descubrir y trabajar con la dedicación y el esfuerzo necesarios para alumbrar nuevas formas de ensueño y belleza.
Las obras de Ferrer no son reiteraciones de un tema central, predominante, único. No se basan en la repetición de formas y recursos expresivos. No explican ideas diversas con elementos comunes y reiterativos. La obra que presenta nos habla mucho de experimentación, inquietudes, inconformismo, ambiciones de superación. De ahí que su pintura nos haga espectadores y contempladores de una diversidad tan amplia como la que caracteriza la vida misma, como la que es propia del mundo de formas y color que ha retenido la pintura de todos los tiempos, como la que confiere esencialidad a un espíritu exquisito, sensible y dispuesto a trabajar con intensidad y pasión.
En la pintura que presenta se identifican elementos gestuales, informalistas, conceptuales, expresionistas del mundo de la abstracción, luministas, tenebristas y, sobre todo, los que habitualmente se asocian con un potente clasicismo, ordenado con convicción y dotado de armonías y equilibrios que seducen la mirada y retienen la contemplación. Pollock, Miró, Picasso, Kandinsky, Malevich, Fontana, Hans Hartung, Klee, Gris, De Kooning, Rothko, Tobey, Staël y otros forman parte de la constelación de grandes maestros que contemplan la potencia de su obra, el poderío de sus habilidades plásticas y la fuerza de su expresión.
La espléndida y joven madurez de Ferrer auguran que el suyo será un camino largo, duradero, covincente y fecundo, pero sobre todo emocionante. Las suyas son obras para contemplar con la mirada sosegada, con el alma dispuesta a encontrar nuevas sensaciones, con la voluntad de pensar, saborear y gozar.